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Miguel Rostaing o la reivindicación de la picardía futbolística

"Siempre me cambiaban a diferentes posiciones. Todas las jugaba igual. Después de todo, la pelota es redonda en cualquier lugar de la cancha". 

Miguel Rostaing

Publicado: 2020-03-20

El fútbol actual, sumido en una preocupante exaltación de todo lo que se postule como “innovador” o “moderno”, se ha olvidado de su historia. La narrativa de un progreso lineal no ha hecho sino sepultar al olvido a grandes referentes que contribuyeron de forma decisiva a que el juego tenga la dimensión que hoy tiene.

No de casualidad, hace algunos años Ángel Cappa, seguramente decepcionado por esta voluntad amnésica propia de su ambiente, manifestó que “el futuro del fútbol está en su pasado”. Una afirmación que alentó, como no podía ser de otro modo, una polémica insustancial sobre si el fútbol de antes era mejor que el actual y viceversa. ¿Tanto cuesta entender que en este deporte también existió un pasado? ¿En qué reside lo problemático de revisar las fuentes no solo para encontrar el sentido del presente futbolístico, sino también —como ya indiqué— para hacer justicia con personas que aportaron y sentaron escuela?

Digo todo esto a propósito de leer el testimonio autobiográfico del futbolista Miguel Rostaing. Relato en primera persona de un futbolista-obrero que tuvo que empezar a trabajar a los nueve años, no solo nos permite aproximarnos desde una óptica privilegiada a la compleja dinámica de la sociedad limeña de las primeras décadas del siglo XX, sino también acercarnos a la esencia —muchas veces olvidada— del juego.

El mítico periodista argentino Dante Panzeri utilizó del concepto de fuerza vocacional para referirse a la predisposición por el juego que surge espontáneamente en el futbolista, esa motivación lúdica que nadie enseña ni puede imponer y, que en última instancia, lo hace ser lo que es. Precisamente, todo ello, que cada vez más parece algo remoto y hasta extraño, nos lo recuerdan estas líneas en las que el popular "Quemado" cuenta la primacía que tenía el acto de jugar en su juventud:

“Jugábamos hora tras hora. Algunos se iban, y otros continuaban jugando hasta que se ponía oscuro. Cuando yo tenía nueve, jugaba con una pelota de trapo. Cuando una de las medias de mi madre se malograba, se la robábamos para hacer una pelota. La rellenábamos con trapos. La pelota de trapo era común en todas partes, porque las pelotas de cuero eran bastante caras. Así que hacíamos pelotas de trapo, las hacíamos buenas, hasta rebotaban […]”

A su vez, Rostaing ya mencionaba la importancia de lo que hoy se denomina “dimensión socio-afectiva" de un equipo, pero en términos de amistad. Lo que distinguía a ese histórico equipo de Alianza Lima no era otra cosa que un fuerte vínculo entre sus integrantes a tal punto que, en sus propias palabras, “sentíamos como si fuéramos parientes. Llegaba el cumpleaños de alguien y todos íbamos. Llegaba el cumpleaños de otro compadre y ahí estábamos. Eramos amigos íntimos, siempre estábamos juntos". Sin esto, no se puede entender al grandioso conjunto en el que compartieron Manguera Villanueva, Jose María Lavalle y demás cracks ni su juego alegre, vistoso y criollo que tantos logros y elogios recibió. Las paredes, dribles y combinaciones, tan caractéristicas suyas, eran potenciados por la fuerte afinidad entre todos ellos. 

El fútbol como juego, por más que haya mucha gente que no quiera entenderlo, no ha cambiado sustancialmente desde 1925. A veces lo suplementario recibe tanta atención que nos impide recordar lo esencial. “El fútbol es picardía antes que nada. Es arte de engaño; arte de hacer lo que el adversario no espere”. Panzeri no estaría más de acuerdo e identificado con Rostaing si leyera lo siguiente:

“En el fútbol siempre me enorgullecí de ser un jugador pícaro. Llaman pícaro a un jugador astuto. Ser astuto como jugador significa no dejarte patear por nadie. Tu podías decir que eras astuto si eras rápido y no te dejabas patear mucho. […] Pícaro se nace. Yo no lo aprendí de nadie, es algo que yo tengo. Siempre fui así desde muy chico, desde que tenía catorce, cuando jugaba en el Huáscar, y después cuando tenía dieciocho y empecé en Alianza".

¿Qué sería del juego sin el engaño, la espontaneidad, la imprevisibilidad que practicó Rostaing? Estamos en un momento de confusión generalizada. Formadores, desde las categorías inferiores, en nombre de la seriedad y la enseñanza táctica, buscan erradicar la picardía y las ganas desinteresadas de jugar en sus futbolistas. Asimismo, valores ajenos al juego se ensalzan con decidida obstinación desde diferentes altavoces. En este contexto, justamente, recordar las palabras del fenecido ídolo blanquiazul es más necesario que nunca. Revisemos la historia.Cuánto aprenderíamos, pienso, si volviésemos hacia los verdaderos protagonistas sobre los que descansa la grandeza de este deporte. 




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*La foto proviene del blog Un Rincón Blanquiazul

*El testimonio de Miguel Rostaing fue recogido por el historiador norteamericano Steve Stein y se encuentra en el libro En el corazón del pueblo. Pasión y gloria de Alianza Lima 1901-2001, publicado por el Fondo Editorial del Congreso con la edición de Victor Vich, Aldo Panfichi y Luis Millones


Escrito por

Gianni Paolo

Lima, 1998.


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